Ymascotizados

Año Nuevo de Viejo Pesimista

En esta ocasión me voy a permitir un exceso. Os voy a aburrir, o al menos a intentarlo, con un escrito expresamente adecuado a la fecha en la que nos encontramos. Va por vosotros!
Como si nada, como sin nada... Gritan su algarabía algarada, como niños que piden mamar. Como gallinas en corral, unos ríen y otros lloran; y ninguno tiene razones para llorar, para reír. Confundidos entre la confusión de ecos agazapados de una rutina malévola se ven atrapados en una seguridad insegura que les hace apreciar el nido, amar a la multitud, odiar la individualidad.

El niño ríe, no sabe nada pero lo cree todo. Para él sus primeros pasos; pasos de cotillón, pasos de locura. Él, sin saberlo, da ya sus primeros pasos hacia la muerte, se familiariza con el fantasma anual que le observa recalcitrante, anhelante de carne fresca.

El joven comienza a aprender, ya sabe algo pero no lo quiere creer. Para él la risa loca que pretende, con su estruendo, ocultar lo evidente: el rápido discurrir de la vida que le va restando tiempo, aplastando en su atropellado camino la inocencia, el candor...

El adulto aprendió de la vida, sabe ya mucho y cree lo bastante. Para él el fuerte cacareo, gallos de voz afónica eclipsando lo cotidiano, todo lo que ya es un hecho, aquello que sería mejor olvidar. Como consuelo, una lágrima, una risa, mitificando la realidad.

El maduro lo sabe casi todo pero ya no cree en nada. Para él la suave caricia de la risa infantil, el amargo beso de una despedida, contraste inmaduro del que no quiere pensar porque no puede ya cambiar, manejar lo inexorable.

El viejo lo sabe todo y creer... ya no puede creer. Para él el sueño de la vida que ahora es casi un soplo, se diría un aliento fétido que le inmoviliza, nauseabundo y anciano. No puede escapar, correr marcha atrás, imposible.

El decrépito sabe que sin saber nada es inútil creer. Para él ya no hay sueños y hasta el sueño le está vedado, ya no hay caricias, no hay siquiera amargura, siquiera dulzura. Espera sólo que le llegue, con una mirada cálida y un susurro gélido, el largo beso del sueño profundo e interminable. La risa ya no le fluye; el tiempo ya no lo tiene; el llanto ya no le surge; el miedo ya no lo siente. Su paso inseguro ya no teme la caída. Y él..., él ya no sabe reír.

¿Por qué gritáis, locos, vuestra fingida alegría? ¿Qué falsas esperanzas son las vuestras? Frenad un segundo esa loca carrera. Parad un momento el campanilleo de vuestras copas. Contestadme, ¿qué festejáis?

¡No!, no decís nada, lo sé. No queréis haceros esa pregunta. Tan sólo os importa reír hasta las lágrimas, danzar hasta el agotamiento, beber hasta la embriaguez. Mas yo os lo diré:

Para ti, recién nacido que mamas haciendo daño por primera vez en los pechos de tu propia madre, para ti que todavía te mueves a gatas, son los primeros pasos en el tortuoso y quebradizo camino de la vida. Caerás tres veces y aún más, cuan nuevo Cristo hacia el Calvario. A ti este año te traerá las primeras palabras de tu idioma, las primeras mentiras de este mundo, para que puedas comenzar a ser ya un niño hecho.

Para ti, niño, será el despertar de tu inocencia. A ti te romperá esa capa de ignorancia bendita que era hasta ahora en tus juegos infantiles el escudo de tu felicidad. Te hará dar el paso vacilante pero ineludible hacia la juventud.

Para ti, joven, será la mano impía que arrancará la venda de tus ojos. A ti te meterá en el alma toda la ponzoña del mal que llevas escondido en tu seno, y te transformará, trágicamente y sin que te des cuenta, en adulto.

Para ti, adulto, será el quebrar de todas tus esperanzas, el principio del fin de tus últimos sueños, consumidor del tiempo en tus proyectos. A ti te borrará tus ilusiones y te revestirá de la costra que te hará maduro.

Para ti, hombre maduro, será el abrazo que ahogará tus últimas fantasías. A ti te pondrá en evidencia la realidad de tus angustias y frustraciones, te dará miedos para el futuro, añoranzas del pasado, y te empujará, irremediablemente, a ser un viejo.

Para ti, viejo, será el hálito que apagará tus ansias. A ti te hará vivir tan sólo de recuerdos, te hará verter lágrimas de desesperación por lo no alcanzado, por lo perdido, por lo desperdiciado, y te arrojará, sin compasión, al solar de la decrepitud.

Para ti, decrépito, será un compás de espera. A ti te hará sentar a las puertas de la muerte, inútil y vencido, deshecho y sin fuerzas para luchar más. Esperando..., esperando lo único que ya puedes esperar, que la cruel segadora, siempre expectante de compañía nueva, se acerque a sorprenderte. A sorprenderte, sí, porque a pesar que tu misión no es otra ya que esperarla, la muerte te cogerá desprevenido.

Esto, ya veis, es lo que todos estáis festejando. Por eso gritáis desaforadamente. Por eso reís sin motivo. Por eso bebéis hasta desfallecer. Por eso más que uniros os apiñáis los unos contra los otros en este día, como para defenderos de un enemigo común, como para solidarizaros, pobres, impotentes, ingenuos, contra este riguroso traidor que es el tiempo y que, aunque le ganemos manos, siempre nos gana la partida. Por eso, porque a todos nos alcanza, viejos y niños, sanos y enfermos, príncipes y mendigos os mezcláis hoy en una barahúnda de atontamiento. En este día os ponéis de acuerdo para vivir unas horas de teatro, para convertir en hilarante comedia la tragedia de cada una de vuestras vidas.

Pero, por más que os pongáis la máscara griega de la comedia, por más que representéis que lograsteis la felicidad, no engañáis a nadie con vuestras pobres muecas de comparsa. A nadie, ni a vosotros mismos, que es en definitiva a quienes más interés tenéis en engañar, que mañana volveréis a la realidad. Queréis arrancaros el pasado ¡de un zarpazo!, queréis adornar vuestro porvenir con la serpentina de una confianza en la que ni siquiera creéis.

Pero esta noche, dedicada al ídolo pagano del tiempo, a ese rufián que os roba la vida, a ese embaucador que os aproxima a la muerte, nada queréis escuchar. Y, ¿no adivináis, tras la inocente sonrisa del niño, tras los ecos de la risa del maduro, tras la velada mirada del viejo, un porqué a todo esto? Algo..., algo que podría ser vuestra última esperanza, algo que podría ser vuestro primer consuelo. Ssshhhh, ¡escuchad!..., ¡silencio, callad!, ¿no oís?, está allí, en el fondo de vuestras conciencias, es como un murmullo, ¿lo oís?, apenas es un susurro... ¡¿Acaso sólo yo lo oigo?!
 
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