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El tonto del pueblo o el tonto del barrio, un personaje ineludible


Me voy a arriesgar. En estos tiempos en los que impera el sentido del absurdo, que intenta en vano combinar la más ardiente defensa de la libertad de expresión con los términos políticamente correctos, me voy a arriesgar a tocar un tema que puede herir sensibilidades. El del tonto de toda la vida. Sí, hombre, ese chico que sin signos físicos de tontuna desde bien niño ronda por las calles del barrio ayudando a los autobuseros a aparcar y salir de la parada (hay que ver a la cantidad de tontos a los que les da por esta actividad), o esa chica súper protegida a la que no se le nota casi nada en la cara que desde niña hasta ahora, que ya cuenta con sesenta primaveras, va siempre con su madre a todas partes... El tonto del barrio, también llamado, si la zona es más grande, el tonto del pueblo. Porque las ciudades no tienen un tonto que les identifique, tienen muchos confundidos entre la multitud, pero el tonto del barrio es como un emblema de las zonas más recogidas.

En mi barrio de cuando era pequeña (me refiero a la edad y no quiero bromitas con mi estatura) teníamos un tonto entrañable que, cómo no, ayudaba a todos los autobuseros de la zona con sus llegadas y salidas de parada; si alguno iba bien de tiempo, como él lo sabía porque llevaba un control muy rígido de los horarios, se subía a charlar un rato con el que fuera, bien sobre el tráfico, bien sobre los problemas de algún compañero, pendiente siempre de que no se le pasara la hora de salir; si los pasajeros nos quejábamos de los retrasos nos informaba sobre la hora estimada de llegada del siguiente teniendo en cuenta que el anterior había salido a tal o cuál hora y el tráfico estaba así o asá.

Confiada en que todos los tontos eran entrañables llegué al pueblo de mi tía (la del pueblo) y enseguida me informaron de quién era el tonto del pueblo. Tampoco es que hubiera hecho falta avisarme porque era evidente que era tonto, aunque es cierto que en ese pueblo, quizá debido a la cantidad de alcohol que ingieren sus habitantes, quizá debido al intenso frío en invierno y el calor excesivo en verano que les descompone las neuronas, quizá porque es muy pequeño y está prácticamente deshabitado y la población se cruza sin demasiada variedad, no se distinguía mucho del resto. Como digo, confiada, me llevé uno de los mayores y primeros chascos de mi vida; y si sólo hubiera sido eso, pase, pero es que llegué a correr peligro por no apartarme de su camino pensando que querría informarme del horario de las camionetas que llevaban a los pueblos cercanos o cualquier otra amabilidad que yo creía propia de los tontos. Luego los habitantes del pueblo de mi tía la del pueblo me decían: "pero, chica, si te avisamos..., ¿es que en la ciudad no tenéis tontos?" No te jode con los paletos del pueblo, ¡los tontos de la ciudad, como los habitantes en general, son más civilizados!, pensaba yo.

Así, con mis quince recién cumpliditos llegué al campamento de verano y me encontré con un tonto. Como no sabía si era de pueblo o no me mostré cauta y reservada. Ja, pero los tontos saben mucho y me lió, parecía entrañable, me confié y ¡zas!, resultó que era el tonto de su pueblo. Costó dios y ayuda conseguir quitármelo de encima (la verdad es que siempre he atraído, y aún me pasa, a los tontos como un imán), y lo conseguí porque llegó a peligrar mi integridad física, que si no...

A lo largo de los años, a través de mis mudanzas y viajes, he ido conociendo a otros tontos, de pueblo y de barrio, y he tenido que variar mi criterio: hay tontos entrañables en los pueblos y tontos hijoputas en los barrios de ciudad, vamos, de todo, como en botica.

Pero me choca que pese a toda mi experiencia con ellos y lo escarmentada que estoy (visito con frecuencia muchos pueblos y siempre he vivido en barrios) los tontos de estas categorías me la siguen dando con queso. Y eso me lleva a una pregunta pseudo-filosófica inevitable: ¿quién es más tonto? Porque no ser catalogado como el tonto del barrio quiere decir solamente que todavía no tienes la fama suficiente para merecer ese título, pero no nos confundamos, no es definitorio.

En mi actual barrio hay dos tontos evidentes, y otra más especialmente molesta por cierto a la que todos los no tontos oficiales intentamos evitar. De los dos primeros que he mencionado, uno es chico y la otra chica, de unos cuarenta años aproximadamente cada uno y sin proximidad familiar ninguna. Él es de la categoría de los tontos entrañables, dedicado en cuerpo y alma a la noble tarea de ayudar a los autobuseros del barrio y convencido de que algún día viajará a EEUU para ingresar en la academia de policía de allí. Pero ella, ¡joder con la tonta!, ella es de la categoría de las tontas insufribles, siempre acompañada y súper protegida por su madre, y se dedica a la innoble tarea de tocarnos los cojones a todos los que en el barrio nos dedicamos a cualquier tipo de servicio cara al público, con el beneplácito de su santa madre, y la indefensión de todos los que la sufrimos en silencio porque si decimos algo caemos en la crueldad y en una actitud políticamente incorrecta.

Pero, al parecer, en este país, es ventajoso ser tonto (igual que si eres maricón, adúltero, o ladrón con un poco de suerte sales en la tele y te forras), y los que no somos tontos oficiales debemos agachar la cabeza, contentos y agradecidos por no sufrir tal tara, y darles la razón en todo. ¡Manda huevos!
 
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