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Agente de viajes, ¿profesión o vida?

Hoy he llegado al bar que hay junto a la agencia sobre las 11 de la mañana, como cada día, para tomar mi café diario de las 11 de la mañana. Nada más entrar se gira uno de los señores mayores que suelen estar siempre allí, es decir, cuando no están en la agencia tocándome las narices a mí, y me pregunta, como todos los días, que si ya sé algo sobre su viaje del IMSERSO. “Carlos, ya te dije ayer (y anteayer y el otro y el otro…, a ti, y al otro y al otro…-digo en bajito) que aún no se sabe nada, que cuando sepa algo te llamo”, “¿Ayer?, vas a tener que revisar tu memoria, muchacha, porque yo no lo recuerdo” -me dice el tío en tono seguro y paternalista, tocándome con el dedo índice la frente (él, que todos los días pasa de seis a siete veces por la agencia a ver si se ha dejado allí las llaves… cada cinco o seis minutos “¿Qué te lo acabo de preguntar hace cinco minutos?, ¡pues vaya, cómo estoy!”).

Como si alguien hubiera tocado un pitido de salida, los demás vejetes que abarrotan el local con “sol y sombra” en sus manos o porras que mojan en sus cafés (o en los del vecino si se despista, el mío es un barrio de viejos), se lían a preguntarme sobre sus viajes, si me quedan plazas para esto y lo otro y lo de más allá, y para qué fechas y cuántos días. “Vicente, tú no tienes solicitado ningún viaje en la agencia”, “Ya lo sé, era por si te había salido algo”, “Pero algo de qué, Vicente”, “Del IMSERSO, de qué va a ser”, “Pero, Vicente, ¡que no tienes la carta del IMSERSO en la agencia!”, “Pues eso, por si ya había salido algo” (no sé por qué sigo picando).

Entonces, el dueño, que salía a hacer unas compras según le había dicho a quien estuviera en la trastienda (o “trasbar”, que no sé cómo se dice con los bares), me ve y me pregunta si tenemos ofertas para el hotel tal de Benidorm o si no en el cual de Benalmádena, y qué vale la habitación doble con cuna en cada uno de ellos, en Semana Santa (que yo pienso “y ya de paso te recito de memoria la lista de los reyes godos, ¿quieres?”), y ya que está, claro, me cuenta la historia de su vida: por qué quiere irse, que su mujer y él necesitan un poco de descanso, que trabajan muchísimo en el bar, que están hartos de aguantar a los clientes pesados...



Al momento sale la camarera, que era la que estaba en el "trasbar", y me dice ni corta ni perezosa que si sé los horarios de RENFE. “¿Todos?, ¿que si me los sé de qué, de memoria?, ¿los de todos los días del año y a todos los posibles destinos?”, se sonríe angelicalmente y, encogiéndose de hombros, me dice “Sí” (porque, claro, ella se sabe todos los precios de todas las bebidas que tiene en el bar, ¡¿cómo no voy a saberme yo todos los horarios de todos los trenes y todos los aviones del mundo todos los días del año?!).

Aprovechando la tesitura, la dependienta de la zapatería me comenta que el último hotel en el que estuvo pasando un fin de semana (que lo contrató con nosotros y lo eligió ella porque era más barato, pese a que le advertimos que no estaba muy allá) no estaba muy allá (en ese momento me pregunté si a ella le vendría alguien, mientras se toma el café, a quejarse de que los últimos zapatos que le vendió le apretaban y cómo se lo tomaría de ser así)

Así que, cuando veo venir hacia mí a una mujer que lleva así como 3 años pidiéndome presupuesto para ir a Disney pero nunca se ha ido, por lo menos contratándonoslo a nosotros, huyo despavorida con mi café a la agencia, que ahí por lo menos me pagan porque me den por saco.
 
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