Ymascotizados

Pesadilla vs. Realidad

Aquí estoy yo para aburriros una vez más. Así que ya sabéis, al que no le guste que se espere a que vuelva esa cafre de Electra.


Una luz intensa, cegadora. Una opresión terrible en el pecho. Me desperté. Me despertó la luz, o tal vez fue la opresión, o quizá ambas cosas. Pero estaba despierta, tenía la intensa y agobiante sensación de haber despertado.

No podía respirar, bueno, sí podía, pero me costaba respirar, me costaba mucho. Intenté moverme, me sentí incapaz, ni el más leve movimiento. Empecé a asustarme seriamente. Cerré los ojos, si estaba soñando, dormida, haría un esfuerzo por despertar, otras veces lo había conseguido. Pero… ¡ya estaba despierta!

Grité llamando a mamá. Ningún sonido salió de mi boca. Hice mucha fuerza, me desgarré la garganta gritando, pero ni yo me oía. Pensé que a lo peor me había quedado sorda, pero no, mamá tampoco me oía; teniendo en cuenta la aflicción de mi grito sin duda me habría contestado, habría acudido.

Me estaba quedando sin fuerzas. Tenía mucho miedo. Me sentía desamparada, frágil, a merced de lo que fuera que me estaba sucediendo. Me asaltó la indefensión. Me di cuenta que nada más podía hacer. Si era una pesadilla confiaba en poder despertar. Si era una apoplejía o una abducción alienígena confiaba en poder dormir; pudiera ser que al despertar de nuevo “eso” hubiera pasado.

De repente, absurdamente, me dio la risa. Apenas una sonrisa contenida de cara al exterior porque me costaba respirar y me inundaba el terror, pero una carcajada en mi interior. Vaya forma tonta de morir, pensé. Quizá sea la mejor, sin verla llegar, juguetea contigo un rato hasta hacerte sonreír y luego te lleva con ella, aterrorizada pero sonriente, indolente, sin pataleos, presa de indefensión aprendida.

Creí, sin embargo, que debía despedirme de mamá. Volví a gritar llamándola. Y entonces la perturbadora luz se difuminó, se volvió normal. La opresión del pecho desapareció dejándome sólo un leve dolor. Y un grito, de asombroso tono y volumen -"mamááááááááá"- salió de mis labios como un torrente desbocado. Mamá asomó por la puerta de mi habitación aun antes de que hubiera podido decidir si estaba salvada o la muerte me estaba concediendo el último deseo.

Me enfadé con ella. Con mamá. -"¿Acaso no me oías, mamá? Llevo un rato llamándote. He gritado hasta la extenuación"- le solté desesperada en medio de mi histeria. Mamá, siempre pragmática, me contestó sin sulfurarse: -"¡Hija, qué mal despertar tienes! ¿Qué forma de gritar es ésa, por el amor de Dios? Haber venido tú en vez de llamarme así, que no son modos. ¡Y levántate ya que es tarde!"

Casi estallando de contento, me di cuenta que la muerte, si era ella quien vino a jugar conmigo, había perdido esta batalla. Mamá no me habría hablado así si hubiera visto su reflejo en mis ojos... ¿o sí?

 
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