Ymascotizados

Expediente X, Poltergeist, Fantasmas, o qué sé yo...



El otro día tuve una experiencia de ésas dignas de comentar en el programa de Iker Jiménez… de la Osa, ¡ah, no, que el de la Osa era el del Más Allá!; bueno, seguro que sabéis a cuál me refiero.

Fui a visitar a mis tíos, que se han mudado a un pueblecito y han abierto allí una joyería. Como la primera joyería que abrieron la llevé yo (que por cierto fue mi primer trabajo), me pareció buena idea, dado que había ido a visitarles, pasar un rato en la tienda ayudando a mi prima, y allí que me fui.

Mi prima, como yo, tampoco conoce aún a casi nadie del pueblo, por lo que lo que voy a contaros es todavía más extraño.


Estábamos charlando animadamente mientras colocábamos el género en las estanterías, cuando sonó la campanilla que anuncia que ha entrado alguien y las dos miramos a la puerta. Entraba una señora, muy mayor, sola. Se dirigió hacia el mostrador, donde nos encontrábamos mi prima y yo, y le pregunté en qué podíamos ayudarla. Ella me dijo que venía a buscar unos pendientes de oro muy antiguos que tenía mi tío desde hace unos días para arreglar el cierre. Le solicité el resguardo y me dijo que no lo tenía; le pregunté entonces por su nombre completo y me dispuse a buscarlos entre los sobres que mi tío tiene en la parte de atrás del mostrador con los arreglos ya terminados.

- Vaya, parece que todavía no están -le dije.

- Ya tienen que estar, mira otra vez -me dijo ella algo bruscamente.

- Pues no -le dije después de rebuscar concienzudamente de nuevo-, lo que sí hay es un sobre con el mismo apellido que el suyo, pero no a su nombre.

- Será Manuela, es mi hermana y los trajo ella, pero los pendientes son míos -me contestó.

- Ya, pues en ese caso, tendrá que venir con su hermana, tenga en cuenta que son unos pendiente antiguos y de oro, muy valiosos, y no podemos entregarlos mas que a la persona que nos los confió -le expliqué con mucha calma porque me olía problemas.

- No puedo volver, pero esos pendientes son míos, me los regaló nuestra madre… -dijo enigmáticamente justo antes de darse la vuelta para marcharse farfullando algo ininteligible.

Mi prima y yo, que teníamos muchas cosas atrasadas de las que hablar, nos miramos con complicidad y seguimos a lo nuestro. Muy poquito rato más tarde, apenas unos minutos desde la salida de la extraña señora, volvió a sonar el campanilleo de la puerta y vimos cómo entraba una señora y, justo después, otra (es decir, que no venían juntas aunque llegaron a la vez). La que había entrado primero me tendió un resguardo de recogida y comprobé que el apellido era el mismo de la señora que hacía un rato pedía sus pendientes.


- ¡Anda! – empiezo a decirle-, hace tan sólo unos minutos ha estado aquí su hermana solicitando que le diéramos estos pendientes, pero como los trajo usted y ella no traía el resguardo – continúo algo menos entusiásticamente porque noto que algo no va bien- no me he atrevido a dárselos.

La señora a la que me estaba dirigiendo se había puesto pálida y de sus ojos, abiertos como platos, brotaban lágrimas, mientras la otra me miraba, no sé si escandalizada o indignada, como si yo fuera Jack el Destripador.

- ¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡No sabes lo que estás diciendo! –me espeta “la otra”.

- ¿Mi hermana?, ¿cómo que mi hermana?, ¡te estás confundiendo! –me dice con tintes desesperados la señora con la que yo estaba hablando.

- Bueno, eso ha dicho ella, y nos ha dado su nombre y apellidos: Ramona Rebolledo, y el nombre de usted, Manuela – le digo yo.

La señora con quien hablaba, definitivamente se echa a llorar desconsolada.

- Pero, muchacha, ¡eso es imposible!, Ramona, su hermana, está muerta, murió hace unos días – me dice “la otra” mirándome con cara de pocos amigos- Esto tiene que ser una broma de mal gusto de alguna asquerosa, descríbela.

Mi prima y yo, en ese momento bastante confusas, empezamos a describirla y reparamos en que nos cuesta un gran esfuerzo intentar recordar cómo era. Sin embargo, al parecer lo que decimos las convence de que realmente concuerda con la descripción de Ramona porque ambas se ponen a llorar y temblar descontroladamente y, a punto de sdesmayarse, tenemos que salir a sujetarlas para que no caigan al suelo.

- ¡Dios mío, Dios mío!...eran sus pendientes, ahora ella ha muerto y yo los he heredado…, se los regaló nuestra madre, y ahora los tengo yo… -dice la hermana de la muerta- ¡Dios mío!


Raro de cojones, ¿eh? Pues más raro todavía es que cuando mi prima y yo llegamos a casa, unas horas después, éramos incapaces, absolutamente incapaces, ninguna de las dos, de describir a la “extraña” señora que entró preguntando por sus pendientes; por más que nos estrujamos las neuronas intentando recordar su estatura, el color de su pelo, sus ojos, si era gorda o flaca, alta o baja, algo, nada..., nos fue imposible.
 
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