Ymascotizados

La niña que quería escribir

Yo, como siempre, aburriendo al personal con mis textitos...

Desde chiquitita siempre quiso escribir.

Nunca le gustaron demasiado sus congéneres, excepto unos pocos, a quienes adoraba. Los mayores eran déspotas y siempre daban órdenes pero nunca explicaciones; los menores eran déspotas también a su manera, siempre con sus pataletas, comportamientos egoístas y juegos demasiado brutales los de ellos, demasiado cursis los de ellas. No terminaba de encontrar un sitio para ella, sentía que no encajaba del todo con unos y tampoco con los otros. Los mayores la mandaban callar y no la dejaban participar en sus conversaciones, mentían y hacían otras muchas cosas que recriminaban a los pequeños, y luego, al ser pillados en falta, se escudaban con frases como “cuando seas mayor comerás huevos”, o “no lo entenderías, son cosas de mayores”. Con los pequeños se aburría, no tenían conversación, y sus juegos le parecían crueles o faltos de sentido y, generalmente, no quería participar en sus barrabasadas.

Le gustaban más los animales. Con sus perros, gatos y caballos se encontraba a gusto; pero éstos no hablaban, al menos el lenguaje de los humanos. Y, aunque ella intentaba aprender su idioma, pronto se dio cuenta que pese a que ellos siempre la entenderían ella jamás les entendería a ellos plenamente.

Las pocas personas a las que adoraba, leían, y la iniciaron a ella desde bien chiquita en la lectura. Ella comprobó, sorprendida y agradecida, que en los libros podía refugiarse. Lo que éstos le contaban la transportaban a otros mundos, a otras épocas, le permitían conocer otras personas, otras costumbres y, lo más importante, le daban un lugar en el mundo que era de ella, para ella, un lugar en el que encajaba sin esfuerzo. No veía la hora de cerrar el libro que tenía en las manos para coger el siguiente, y, al mismo tiempo, no quería que el libro terminara porque tendría que despedirse de todos los personajes y hacerse a la idea de que ya no transitaría más por sus parajes. Cada nuevo libro era una nueva aventura, una nueva ilusión, una nueva vida que vivir.


Poco a poco comenzó a nacer en ella una vocación: quería escribir, quería hacer lo mismo que sus héroes desconocidos, los autores, quería dar nuevas ilusiones y buenos momentos a los lectores. En cuanto tenía un momento entre las clases, los deportes y las lecturas, se sentaba a escribir. Le encantaban las clases de literatura y lenguaje, entre otras cosas, porque le pedían que hiciera redacciones; se esmeraba en hacerlas y siempre recibía felicitaciones de sus maestros, y eso la llenaba de orgullo y esperanza. Quizá, cuando fuera mayor y aprendiera lo suficiente, conseguiría su objetivo: vivir para escribir.

Se hizo mayor y seguía escribiendo para sí. A veces leía sus escritos a sus seres queridos, otras los guardaba para ella. Le gustaba, pero no era eso lo que había soñado; su sueño era compartirlo con los demás, hacerles felices durante un tiempo, cambiar sus aburridas vidas por vidas llenas de emociones, que conocieran a personajes interesantes, paisajes inimaginables, pensamientos impensables, historias maravillosas.

Se dio cuenta que no lo compartía porque tenía miedo a la crítica. Ella sabía qué era bueno, lo detectaba nada más abrir un libro y leer sus primeros párrafos. Tenía grandes maestros a los que emular, Luca de Tena, Cortázar, Verne, Los hermanos Grim, Quevedo, Larra, Allende…, y se sabía inferior a ellos.

A viva fuerza de voluntad se convenció a sí misma para publicar algo. Tenía que saberlo, tenía que comprobar si podía dar a los demás al menos un poquito de lo que esos grandes escritores le habían dado a ella. Publicó un escrito suyo y esperó. Esperó y esperó, mas no llegó ninguna crítica, ni buena ni mala. Intentó analizar el dato; que no hubiera críticas podía ser bueno, pero también podía ser malo; pudiera ser que nadie la hubiera leído; pudiera ser que la hubieran leído y no les pareciera digno de ser comentado; pudiera ser que aún tuvieran que acostumbrarse a su forma de escribir; pudiera ser… Pero hasta que alguien no le hiciera una crítica, buena o mala, no sabría en qué fallaba, no podría detectar qué hacía bien, qué hacía mal. Desde dentro nunca somos capaces de apreciar el exterior. Ella entendía sus escritos porque eran suyos, pero ¿cómo saber si los entendían los demás si no la criticaban, si no comentaban?

Se armó de valor y probó de nuevo. Nada, ninguna crítica, ningún comentario, nada. Lo intentó de nuevo, una y otra vez. Todos los días buscaba ansiosa algún comentario, alguna crítica; le hubiera dado igual que no fuera positivo, también los comentarios negativos sirven para aprender, pero no los había, de ningún tipo. Releía sus textos buscando el fallo, estrujándose las neuronas para detectar el problema, los cambiaba y retocaba, pero sólo conseguía desesperarse; era como si no existieran, como si a nadie le conmoviese o afectase o ayudase o enfureciese lo que ella escribía.

Un día se levantó temprano como todos los demás días y buscó una vez más. Sabía que era la última vez que buscaría, y también sabía que, una vez más, no encontraría nada. Fue la última vez que publicó. Todos sus escritos se amontonan tristemente en un rincón, sus personajes increíbles, sus paisajes inimaginables, sus historias inventadas, todos olvidados, acumulando polvo, muriendo poco a poco porque nacieron para ser leídos, porque esa era su razón de ser, y ella creía, y lo sigue creyendo, que nadie los leyó nunca.

 
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