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Música, amor y pobreza en el metro

Esta mañana, en uno de los pasillos del metro, había una pareja de ancianos sentados uno enfrente del otro con una funda de violín (con un silencioso violín dentro) en medio de ellos dos. Ella, rubia y chiquitita, toda arrugadita y muy elegantemente vestida, le miraba a él con una mirada en la que se mezclaban el amor y la devoción, y de vez en cuando miraba al personal circulante, con disimulado decoro, moviendo sólo los ojos, como si sintiera cierta vergüenza y quisiera encubrirla de digno orgullo. Él, calvo y muy tieso, también muy elegante, la miraba con ternura y como disculpándose y, al percibir las miradas de los que caminábamos por el pasillo, giraba los ojos en nuestra dirección como retándonos, con una media sonrisa entre torcida, como la de la Gioconda, y orgullosa, como la de un juez en su estrado.

Fugazmente, mientras pasaba observándoles, he pensado divertida que estarían intentando sacar para algún viaje del IMSERSO. Según he seguido caminando se ha debido despertar mi otro yo, ése que es más humano y me reprende cuando me comporto mal, y ¡zas!, me ha puesto las pilas. Me ha hecho preguntarme si conseguiría yo sobrevivir con una pensión de 400€, si sería capaz de echarme a la calle a buscarme la vida, si poseo algún tipo de capacidad o virtuosismo como para que alguien me diera un céntimo por ello, y sobre todo, cómo me sentiría si no me quedase otra opción.

Cuando empezaba a darme asco a mí misma, sin ningún argumento que enfrentar a ese yo molesto que en ocasiones me toca los ovarios, he vuelto sobre mis pasos hasta donde estaban sentados los viejitos, les he dado los buenos días con la más amable de mis sonrisas y, antes de pedirles que se dejaran adoptar por mí, que tal comenzaba a ser mi ánimo, les he echado las monedas que llevaba en la funda del violín.


No me he sentido mucho mejor, pero al menos he callado a la plasta de mi otro yo. Y, en el fondo hasta me han dado envidia por esa forma dulce y maravillosa con que se miraban, pese a la adversidad y la pobreza que les lleva a madrugar y sentarse en un pasillo del metro a tocar el violín. ¡Lástima de mundo y mierda de sociedad en los que una pareja de ancianos debe mendigar en el metro después de toda una vida currando! Y mierda también para nosotros si algo así puede hacernos gracia ni siquiera por unos segundos.

 
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