Ymascotizados

Tropecientos heridos, tropecientos muertos, cientos de miles de corazones entristecidos y personas indignadas, y un minuto de silencio

Hoy es el cumpleaños de mi madre... Hay días que deberían ser días alegres y se han convertido en días tristes porque no podemos olvidar, y tampoco debemos, al menos mientras el motivo que los convirtió en tristes no desaparezca.


Nunca he entendido lo del minuto de silencio. ¿De verdad alguien piensa que sirve para algo lo del minuto de silencio? Hombre, todo un país en silencio durante uno o dos minutos es sobrecogedor y hasta puede que sea beneficioso para el planeta, pero ¿ayuda a las víctimas o a sus familiares y seres queridos?, ¿consigue algo la sociedad con ello?, ¿afecta mínimamente a los terroristas? Yo creo que no; los muertos siguen muertos y los heridos heridos, los familiares y seres queridos sufren sin reparación, la sociedad paga una y otra vez sin vías de solución, y a los terroristas les importan un pimiento nuestros minutos de silencio, si no se descojonan abiertamente de ellos. Sin embargo, mientras no se me ocurra como sustitutivo algo más efectivo, humano y lógico que desear que existiera el terrible infierno católico para ellos, o cagarme en sus muertos, o rezar para que se maten ellos mismos mientras preparan sus bombas o disparan sus armas, o conseguir firmas para ejecutarlos justo después de juzgarlos, o reunir a la mayor cantidad posible de ellos y poner una bomba, no me manifestaré en contra del minuto de silencio.


No obstante, no deja de asombrarme, pese a que ya debería estar de vuelta de todo, lo alienados que nos vuelven los medios de comunicación, sobre todo la tele y el cine. Estamos tan acostumbrados a ver violencia, muerte y sangre que ya pocas cosas nos impresionan.



El 11 de septiembre estaba yo trabajando y un cliente entró diciendo que había habido un atentado que se salía de lo común (curiosa frase, por cierto, porque todos los atentados se salen de lo común aunque ya no lo apreciemos así). Pusimos una radio que teníamos a ver si nos enterábamos de algo. Era más morbo que preocupación, nunca crees que te haya afectado a ti.



Oímos algunos datos que parecían espeluznantes. Más terrible era el caos informativo que lo que se decía, que con la confusión reinante bien poco se entendía. Al salir del curro, en el bus hacia casa, oí a la gente comentar sobre el atentado, nadie parecía tener algo claro.



Al bajarme del bus y caminar unos pasos casi lo había olvidado, tenía otras preocupaciones que ocupaban mi mente.

Entré en casa, oí que la tele estaba encendida en el salón, y allí me dirigí. Empecé a despojarme del bolso, el abrigo y los zapatos mientras escuchaba cómo la comentarista narraba lo sucedido. Me parecía terrible pero me acuciaba más la necesidad de comer, era tarde y, después de estar currando desde las 7 de la mañana, tenía hambre.



Me giré para preguntar qué teníamos de comer y entonces vi las imágenes. De un edificio altísimo caían cosas que se veían como puntitos negros. Lo que es el morbo, dejé la pregunta en el aire y entonces, y sólo entonces, presté atención. ¿Qué coño es eso que cae? –me pregunté; me acerqué al televisor y justo ahí comprendí que eran personas. El llanto me asaltó tan de repente y sin previo aviso que hasta me asusté. Tan profundo y convulso fue, que sólo recuerdo haber llorado así en 5 ocasiones en mi vida (cuando murió mi padre, cuando me dijeron que mi madre estaba enferma de cáncer, cuando murió mi perra, cuando me dijeron que lo más humano era ponerle la inyección a mi gato, y cuando, estando en la piscina, oí la noticia del salvaje, cruel, ruin, miserable y cobarde asesinato de Miguel Ángel Blanco).


Desde entonces me he preguntado muchas veces ¿qué ocurrió dentro de mí desde que oí la noticia, desde que vi las imágenes, hasta que comprendí que eran personas, personas como yo?, ¿por qué no lo entendí antes, por qué no me afectó antes?


El 11 de marzo iba en el bus. Para llegar al curro a tiempo tenía luego que coger un tren de cercanías hasta Atocha y, desde ahí, otro bus. Cuando iba a bajarme en la parada que conectaba con el cercanías vi que, contra lo normal pues por lo general era una parada de sólo bajada, un montón de gente subía. Me detuve en la puerta a escuchar qué decían ya que parecían muy alterados; oí que comentaban algo sobre una bomba en un tren y que no funcionaba el cercanías. Disgustada, me volví a mi asiento, llegaría tarde a currar y me jode tener que andar dando explicaciones.

El bus me dejó en Plaza de Castilla. Realmente parecía que se estuviera rodando una película; la calle era un caos, con policías corriendo de un lado a otro, gente ocupando la calzada, el tráfico más entorpecido de lo habitual, personas llorando con el móvil en la mano… Intenté entrar en el metro y un policía me dijo que no podía. El colmo, ¿pero qué es esto?, ¿y cómo leches voy yo a trabajar entonces hasta la otra punta de la ciudad, andando? Me contestó de muy malos modos que hiciera lo que quisiera pero bajo mi responsabilidad, y que él no me lo aconsejaba y me había advertido. Pensé que no debía andar muy bien de la cabeza, ¿a ver si iba a ser como en “La invasión de los ultracuerpos” o algo así y todo el mundo en la ciudad había enloquecido menos yo que venía de un pueblo?



Entré en el metro más cabreada que una mona; cuando se exige puntualidad hay que dar ejemplo siempre, no lo hagas tú una sola vez o ya no podrás exigirlo nunca. Me senté y me puse a leer intentando no distraerme con las conversaciones alteradas que me rodeaban. En Atocha me bajé.

Estaba subiendo las escaleras del metro y mi móvil, furioso, empezó a emitir repetidamente pitido tras pitido de aviso de mensajes. 33 llamadas perdidas, algún mensaje de voz, no sé cuántos sms. Mi madre, mi hermano, mi novio, mis tías/os, mis primas/os, mis amigos/as ¿Qué dónde estoy?, ¿qué si estoy bien?, ¿pero qué coño pasa?



El caos, eso pasa. Al terminar de subir los escalones y asomar al exterior, el caos. Intenté llamar a ver si alguien me explicaba algo, pero no había línea y cuando la había me decía que estaba saturada. Corrí hacia el bus, quizá me enterara de algo más al llegar al curro.

En el curro el ambiente era fúnebre, tenso, opresivo, masticable. Había una radio pero el murmullo reinante era tan fuerte que apenas entendíamos nada. Comprendí que algo muy serio, más que una simple bomba (otro curioso pensamiento, pero juro que lo tuve, muestra de nuestra alienación) estaba pasando o había pasado; volví a intentar llamar, mi madre debía estar preocupada; nada.



Al rato, mitad por comentarios mitad por la radio, empecé a vislumbrar la gravedad y el alcance de lo ocurrido. Me indigné, me sulfuré, renegué, y después me entristecí, volví a sentirme defraudada y desilusionada con mi especie; pero esta vez ya no lloré, quizá porque ya estaba inmunizada, quizá porque no vi cuerpos, cuerpos de gente viva huyendo del desastre a la desesperada, personas, personas como yo.



Hoy es el cumpleaños de mi madre, y esos hijos de puta lo han convertido en un día triste... ¡Felicidades, mamá!

 
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