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La timidez: impotencia a la máxima potencia


La timidez, cuando es muy fuerte, anula por completo algunas capacidades del individuo que la padece, en realidad que la sufre, porque quienes la padecen por lo general son quienes rodean a la persona tímida.

Yo vivo con un tímido patológico. Digo “patológico” porque normalmente se utiliza la palabra “tímido” para denominar a alguien que tiene dificultades para abrirse a los demás o relacionarse socialmente, lo que por cierto no es del todo exacto, ya que un tímido puede ser extrovertido, y en este caso se trata precisamente de un tímido extrovertido, pero que se bloquea totalmente cuando la situación le hace sentirse de alguna manera ridículo o el centro de atención sin desearlo.


Os voy a dar algunos ejemplos de lo que estoy diciendo:

1) Llevábamos muy poco tiempo de relación y nos encontrábamos en ese momento en que todo es idílico y maravilloso. Estábamos sentados en una terraza tomando algo con Norte y Norma (mis dos adorables perros) cuando pasó un señor con un perro ladrando a todo meter. Norte y Norma se sintieron, claro está, muy ofendidos por la mala educación con la que ese perro se estaba dirigiendo a ellos, y se lanzaron a llamarle al orden, con tan mala fortuna que, como yo tenía sus correas atadas a las patas de mi silla, la derribaron y me caí de espaldas. Quedé tirada en el suelo, espatarrada y muerta de risa, haciendo un ímprobo esfuerzo por sujetarles.

Cuando el señor con su perrito pasaron de largo y conseguí contenerles reparé en que amorcito no me estaba ayudando y miré hacia donde se encontraba. ¡Amorcito estaba, rojo como un tomate, mirando hacia otra parte!, como si estuviera solo en la mesa o no se hubiera dado cuenta de nada. Le pedí ayuda para incorporarme y, sin moverse ni apenas mirarme, me susurró que me levantara, que todo el mundo estaba mirándonos. Pensé en enfadarme seriamente pero me di cuenta que era algo superior a sus fuerzas, y además del ataque de risa que me había entrado, su cara tan circunspecta, no me habría dejado.

2) Poco tiempo después estábamos escalando en una zona muy popular que siempre está llena de gente. Ya abajo, Norte se cayó al río; de ser otro río no hubiera pasado nada porque es buen nadador y le gusta el agua, pero éste en concreto es peligroso porque sus bordes son tan lisos que es prácticamente imposible salir y sus aguas son tan frías que corres el peligro de congelarte. Corrimos a sacarle y en la operación rescate nos mojamos el calzado.

Amorcito es un avezado hombre de campo pero yo no y, en esa superficie rocosa y lisa, con las botas mojadas, no conseguí mantener el equilibrio y me pegué un piñazo. Si ya me estaba costando un montón levantarme, para empeorarlo encima me dio la risa. Cuando me giré hacia donde él estaba para pedirle ayuda comprobé con estupor que se estaba yendo, y cuando le llamé a gritos hizo como que no me oía.

3) Monto a caballo desde que era niña; se me da bien, y con un caballo entre mis piernas me animo a casi cualquier cosa; no porque sea arriesgada o no tenga miedo si no porque sé montar bien y me siento segura encima de un caballo. Cuando Amorcito me dijo que yo le enseñara a montar a caballo y él a mí a esquiar acepté.

Estuvimos en las pistas de iniciación de una estación de esquí aproximadamente dos horas y, como Amorcito me sobreestima, me dijo que ya estaba preparada para subir con él en el remonte. Nada más bajarnos del telesilla y ver toda esa montaña desde arriba me empezaron a temblar las piernas de una forma incontrolable, pero como confiaba confío en él me dejé llevar. Naturalmente me escoñé. Esta vez no me dio la risa, me dolía de verdad y creí haberme partido todos los huesos del cuerpo y alguno más; pero lo peor era que ni siquiera me atrevía a moverme pues pensaba que si me movía un centímetro seguiría cayendo montaña abajo.

Él tiraba de mí intentando levantarme y yo hacía fuerza para permanecer con el culo en la nieve. En éstas estábamos cuando pasó un compañero de viaje que nos vio y nos ofreció llamar al servicio de rescate; yo iba a decir que sí cuando oigo a Amorcito que le dice que no hace falta, que ya me levanto y que puede irse tranquilo; como el colega ve mi expresión de estupor y pánico se queda parado y otros que bajaban también empiezan a pararse, y entonces, horrorizada, me doy cuenta que Amorcito, al empezar a tener público empieza a alejarse. Esta vez me enfadé, le isulté, le amenacé con dejarle y con matarle en cuanto consiguiera llegar a abajo, hasta lloré, pero hasta que no me puse a dar gritos diciendo su nombre lo más alto que mi voz me permite no se volvió. Al menos conseguí, cuando se fueron los espectadores, que me bajara cogida a sus bastones.


En fin, en el fondo le quiero y me encanta su timidez, que fue en parte lo que me enamoró de él, pero vaya tela, vaya tela lo que tengo que aguantar a veces por tener gustos tan raritos. Y además me da pena el pobre, tan tímido y ha ido a dar con la payasa del pueblo.

Para superar la timidez, o al menos vivir con ella, son muchas las cosas que se pueden hacer, entre otras consultar con un psicólogo, pero cuando es patólogica la verdad es que tiene mal remedio. Yo, que estudié psicología pero no ejerzo, he probado todo cuanto se me ha ocurrido, desde empeñarme en ayudarle a ser invisible hasta enfrentarle a una de sus peores pesadillas (su pareja, cogida a él, haciendo el ganso frente a una multitud de conocidos), pero hasta ahora no he conseguido que la supere.

Más bien al revés, en ocasiones casi, casi, consigue contagiarme él a mí. En resumen, un tema complicado este de la timidez, que si bien no impide llevar una vida medianamente normal, sí supone un obstáculo para muchas cosas, como por ejemplo la espontaneidad.
 
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